Durante siglos, el roble se convirtió en la madera de referencia para la crianza de vinos. Sin embargo, no es la única. Castaño, acacia, pino e incluso secoya formaron parte de la historia vitivinícola y hoy vuelven a aparecer en algunos proyectos que buscan perfiles diferentes.
Cuando hablamos de crianza en madera, casi automáticamente pensamos en barricas de roble. Francés, americano o, en algunos casos, europeo de distintas procedencias. El roble se volvió tan dominante en el mundo del vino que muchas veces olvidamos una realidad bastante simple: no es la única madera que se utilizó para elaborar y criar vinos.
De hecho, mucho antes de que existiera una industria especializada en tonelería como la conocemos hoy, los productores utilizaban los materiales que tenían disponibles en cada región. La elección de una madera no respondía necesariamente a una búsqueda aromática, sino a cuestiones prácticas: disponibilidad, resistencia, facilidad de trabajo y capacidad para conservar líquidos.
Con el tiempo, el roble terminó imponiéndose. Pero otras maderas nunca desaparecieron por completo.
¿Por qué el roble terminó dominando el mundo del vino?
La explicación tiene bastante lógica. El roble reúne una combinación de características difícil de encontrar en otras especies. Es resistente, relativamente flexible para trabajar, impermeable al agua y permite una microoxigenación controlada que favorece la evolución del vino durante la crianza.
Además, aporta compuestos aromáticos que se integran bien con muchas variedades de uva. Dependiendo de su origen y del nivel de tostado, puede aportar notas de vainilla, especias, café, cacao, coco o caramelo.
También influye el uso previo de la barrica. Cuanto más nueva es, mayor será la transferencia de aromas y taninos al vino. A medida que pasan los años, ese aporte disminuye hasta convertirse casi exclusivamente en un recipiente para favorecer la evolución del vino sin modificar demasiado su perfil aromático.
Por eso hoy muchos productores utilizan barricas usadas, fudres o recipientes de gran volumen: buscan la oxigenación de la madera sin sumar protagonismo aromático.
Las otras maderas que existen en el vino
Aunque el roble sigue siendo la referencia, existen otras alternativas que históricamente tuvieron presencia en distintas regiones vitivinícolas.
Castaño
Durante siglos fue una de las maderas más utilizadas en Italia, Portugal y algunas regiones de Francia. Su principal característica es que aporta más taninos que el roble y permite una oxigenación más intensa.
Los recipientes de castaño suelen ser grandes y se utilizan especialmente en elaboraciones tradicionales. En algunas regiones portuguesas todavía forman parte de la identidad local.
Acacia
La acacia aparece con cierta frecuencia en vinos blancos. Aporta menos taninos que el roble y puede contribuir con notas florales, miel, flores blancas y especias suaves.
Por esta razón algunos productores la utilizan para variedades aromáticas como Sauvignon Blanc, Pinot Blanc o ciertas elaboraciones de Chardonnay donde buscan preservar la frescura sin sumar demasiada estructura.
Pino
Su uso en recipientes para vino es mucho menos habitual. Históricamente apareció en algunas regiones donde era una madera abundante, aunque presenta desafíos porque puede transferir resinas y aromas muy marcados.
Su utilización moderna es limitada y generalmente queda asociada a prácticas tradicionales muy específicas.
Secoya
En California, especialmente durante finales del siglo XIX y principios del XX, se construyeron grandes cubas de secoya para fermentación y almacenamiento. La disponibilidad local de esta madera la convirtió en una alternativa práctica para bodegas de gran escala.
Actualmente su uso es poco frecuente, aunque todavía existen recipientes históricos en algunas bodegas estadounidenses.
Menos madera, más precisión
Curiosamente, mientras aparecen nuevos materiales y recipientes alternativos, la tendencia actual no parece orientarse hacia una mayor presencia de la madera, sino hacia una utilización más cuidadosa.
Muchos productores buscan que la madera acompañe al vino sin dominarlo. Por eso crece el uso de barricas de varios usos, fudres de gran capacidad, huevos de cemento, ánforas y otros recipientes que permiten preservar mejor la expresión del viñedo y de la variedad.
En ese contexto, el interés por maderas como la acacia o el castaño no responde tanto a una moda como a la búsqueda de herramientas distintas para resolver preguntas enológicas concretas.
Porque al final, más allá del material utilizado, el objetivo sigue siendo el mismo: encontrar el recipiente adecuado para que el vino pueda expresar exactamente lo que el productor quiere contar.
Si te interesa ahondar en este fascinante mundo de la crianza en barrica, no te pierdas nuestro episodio de podcast: Los tostados de la madera para vino | Ep. 457, donde exploramos más en detalle cómo las decisiones de los enólogos pueden transformar el perfil de un vino.








