Las especias son uno de los mayores desafíos a la hora de elegir un vino. No porque “no mariden”, sino porque alteran nuestra percepción del sabor, la acidez, el alcohol y los taninos. Entender cómo actúan el curry, la pimienta o la canela es clave para evitar errores comunes y elegir mejor.
Las especias no funcionan como otros ingredientes del plato. No aportan volumen ni grasa, pero sí estímulos intensos: picor, calor, amargor, dulzor aromático. Y frente a eso, el vino reacciona.
Cuando entra en juego una especia, el vino no se muestra tal como es. Se deforma. Puede parecer más alcohólico, más ácido o más amargo de lo que realmente es. Por eso, más que hablar de “maridaje”, conviene hablar de cómo las especias modifican la percepción del vino.
El picante: alcohol y taninos en la cuerda floja
Especias como el curry, el ají o la pimienta negra activan los receptores del calor. Frente a eso, los vinos con mucho alcohol o taninos marcados se vuelven agresivos. El picante amplifica el ardor del alcohol y endurece la sensación tánica.
Por eso, en platos especiados conviene buscar vinos de menor graduación, taninos suaves y buena frescura, que ayuden a limpiar el paladar en lugar de sumar tensión.
Especias dulces: cuando el vino parece más ácido
Canela, cardamomo, clavo o nuez moscada no pican, pero generan una ilusión de dulzor aromático. ¿El efecto? El vino puede percibirse más ácido o más seco de lo que es.
Aquí funcionan mejor vinos con algo de volumen, fruta madura o incluso un leve resto de azúcar, que equilibren esa sensación y eviten que el vino quede flaco o punzante.
Las especias no son enemigas del vino, pero exigen atención. Cambian las reglas del juego y obligan a elegir con más criterio. Entender cómo actúan sobre nuestra percepción es el primer paso para disfrutar mejor tanto del plato como de la copa.
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