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La historia de las uvas criollas

Durante décadas, las uvas criollas fueron sinónimo de vino simple, rústico, destinado al consumo cotidiano y lejos del radar de la sommelería. En las aulas, en las cartas y en el discurso dominante del vino sudamericano, las criollas ocupaban un lugar marginal. Hoy, esa narrativa está cambiando.

Las uvas criollas no son una variedad, sino una familia de cepas nacidas en América a partir de cruces naturales de vides europeas traídas por los colonizadores españoles en el siglo XVI. Pensadas originalmente para el vino de misa y el consumo local, estas vides se adaptaron durante siglos a los climas y suelos del continente, dando origen a un patrimonio genético propio. Criolla Chica, Criolla Grande, Cereza, País, Listán Prieto o Torrontés son algunas de sus expresiones más conocidas en Argentina, Chile y Perú.

El problema nunca fue la uva, sino el uso que se hizo de ella. Altos rendimientos, enfoque en volumen y ausencia de criterio enológico consolidaron su mala fama. Pero cuando cambió la forma de vinificar, cambió también el resultado. Cosechas más tempranas, menor intervención, casi nada de madera y una lectura más gastronómica permitieron mostrar su verdadero perfil: vinos frescos, de alcohol moderado, colores livianos y gran fluidez.

El Torrontés es quizá el mejor ejemplo de este giro. De vino subestimado pasó a ocupar lugares de alta gama, incluso en versiones naranjas o de mínima intervención. Lo mismo ocurre hoy con criollas provenientes de parrales centenarios en Catamarca, La Rioja o Chile, que se comercializan a precios impensados hace veinte años.

En un mercado saturado de varietales globales, las uvas criollas ofrecen algo escaso: identidad, historia y diferenciación real. No compiten con un Cabernet Sauvignon ni lo intentan. Proponen otra experiencia, más liviana, más local y profundamente sudamericana. Tal vez no sean el futuro del vino, pero sí una parte esencial de su memoria viva. Y eso, hoy, también es valor.

Más información:

La vuelta de las uvas criollas.

Durante años las uvas criollas fueron sinónimo de vino simple, rústico o directamente malo. Hoy, esas mismas uvas están protagonizando algunos de los vinos más interesantes de Sudamérica. Escucha este episodio del podcast para conocer más.

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